Me atrae la invitación que aparece en el periódico, una charla con el título "la paradoja de la felicidad, una perspectiva Zen".
Me atrae el hecho que el día anterior había escuchado una interpretación de Gonzalo Pérez acerca de felicidad y el servir a otros, leído lo que ha publicado Eduardo Tironi sobre el tema, y especialmente que este maestro Zen, Daniel Terragno, fuese chileno.
Su interpretación fluye con suavidad, con humildad, sin arrogancia, compartiendo el concepto de felicidad asociado al servir a otros, la cual es posible en la medida que seamos nosotros mismos y sirvamos desde ahí.
Me siento atraído por la metáfora de la compasión, en que hace la comparación con un manantial, que en su autenticidad, entrega su agua fresca, sin importarle si el que la recibe es un santo o un criminal.
Su charla se basó en un artículo que publicará la revista Uno Mismo en febrero, me quedé con ganas de leerla y volver sobre lo que nos entregó.
Cita la reflexión de un prestigioso sicólogo americano, de nombre impronunciable, -que aparecerá en la revista- que después de estudiar y reflexionar durante 40 años sobre el tema, indica que su mejor aproximación es que la felicidad es aquel estado, donde no surge el deseo de estar en un estado distinto, ya sea este meditando, lavando platos, o haciendo el amor.
Y nuevamente lo relaciona con ser nosotros mismos en cada momento, sin la expectativa de ser alguien distinto.
Lo diferencia de los legítimos deseos de mejorar, pero distingue los deseos, del apego a esos deseos.
Indica que no es un estado al que lleguemos con facilidad, requiere perseverancia, asumir la responsabilidad por el ser que somos, o por el que estamos siendo.
Su invitación a la responsabilidad me surge con fuerza ante una pregunta por el ser vegetariano, indica que lo importante es la responsabilidad que asumimos por lo que comemos, morir es parte de dar vida a otro, y el hecho que el ser que muere, grite como es el caso de un vacuno, o que no escuchemos los gritos de la zanahoria cuando la arrancamos de la tierra, no hace la diferencia.
Que la carne sea más lenta de digerir, o que la proteína animal requiera mucho más terreno que la proteína vegetal, le parecen razones prácticas, digna de considerar, pero su llamado es no moralizar, sino asumir la responsabilidad, asumir que un ser vivo muere para que nos alimentemos, respetando y sin escandalizar.
Cuenta ceremonias en ciertas comunidades donde los encargados de matar, son los más sabios de esta, y antes de proceder, hacen al menos media hora de meditación.
Me recuerda a personas que quieren comer pollo, pero se escandalizan ante la posibilidad de matar uno, piden que otras personas asuman la responsabilidad, que hagan ese "trabajo sucio".
Asumir la responsabilidad incondicional de nuestros actos parece ser parte del camino de la felicidad
(Leer más)