En los últimos tiempos, especialmente en este gobierno, he visto recrudecer las críticas al modelo, no sólo desde el ala izquierda de la Concertación, sino que también al interior de la Concertación y en la Alianza.
He intentado seguir con atención este debate, sin dar con el meollo de los cambios propuestos, la mayoría de ellos son críticas al resultado del modelo, normalmente desde un idealismo, o deber ser, sin entrar a analizar las causas profundas que lo generan, ni de los costos que es necesario pagar para obtener mejores resultados.
Como es simple no estar de acuerdo con los resultados, y siempre pedir más, ignorando los costos, esta crítica obtiene buena audiencia. Sin embargo, me parece que entrar en la descalificación de los que critican es también tarea fácil e improductiva.
Un análisis más atento de las críticas, me ha llevado a pensar que las críticas no es a la esencia del modelo, lo que sería botar la bañera con el niño adentro, sino que la mayor parte de ellas es al autoritarismo que se ha ejercido en la gestión del modelo.
Y cuando lo vi de esa manera, muchas de las críticas hacen mucho sentido. El modelo de gestión que hoy tenemos deriva en gran parte de nuestros sustos a la mala gestión que se hizo en la UP, temor que recogió el gobierno de Pinochet, y moldea nuestra forma de administración del Estado.
Los avances económicos han sido muchos, la reducción de la pobreza ha sido sustantiva, seguimos avanzando, pero las críticas también suben, al escucharla con mayor detención se refieren no al modelo, sino al autoritarismo, (y su expresión en el centralismo) con que el modelo se maneja.
Nuestros ciudadanos quieren mas participación, la Presidente quiere hacerla, pero no parece saber cómo, y las elites y personas que han tenido poder y ahora tienen menos, lo resienten.
El poder está altamente concentrado en la Presidente y en su Ministro de Hacienda, (donde se ha reunido un poderoso equipo técnico), y la impotencia de los que no lo tienen, genera una creciente molestia.
El caso del parlamento es muy elocuente, elegido por la ciudadanía deben discutir sólo lo que les propone el ejecutivo, y la labor en su zona se parece más a la de un asistente social que una persona que debe mirar por el país.
Los propios parlamentarios parecen entrar en este juego, y muchas de sus críticas parecen emanar desde la molestia que sienten, en muchos casos convertida en resentimiento, al ejecutivo y a su falta de poder.
Algo similar pasa con el rol de muchos ministerios, servicios públicos, municipalidades (hemos visto sus quejas de la poca capacidad de gestión que tienen en la educación), etc...
Me parece que la gestión del modelo seguirá acumulando críticas que se confunden con la crítica al modelo, y acá postulo que el modelo de gestión es el que está en crisis.
A riesgo de perder eficiencia en el corto plazo, requerimos hacer una profunda reforma del Estado, que permita gestión mas innovadora, dar mayor responsabilidad y autonomía a los gestores, y por sobre todo una seria descentralización regional concebida como una herramienta de gestión más participativa Por supuesto no será fácil, requerirá coraje, pero de otra forma la capacidad del Estado para asumir proyectos innovadores seguirá deteriorándose.
El caso del Transantiago no parece haberse visto desde la perspectiva de deterioro de esta capacidad de gestión.
Para muchos está presente el costo que han pagado algunos que por conseguir resultados innovadores, han debido pagar fuertes costos personales
Requerimos descentralizar las decisiones y generar competencia para la gestión de esas decisiones descentralizadas. Un desafío de coraje y de capacitación
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